jueves, agosto 11, 2011

Desvelo o como jugar a las cartas con Morfeo


Él intuía un recuerdo extraviado en su memoria, histriónico y animoso intentó iluminar esa presencia, ella no recordaba aquel día en que él la beso en una escondida esquina de su mente, o en los remotos árboles imaginarios que heridos por una flecha atravesando un corazón, urdían sus nombres de pila extirpados por una navaja de olvidado filo, que un día dibujó su amor y con el tiempo fue cseccionando las venas que riegan el destino. Las calles y los bosques se funden por la esclavitud del tiempo como los amores soñados, difusos y circunspectos, ahítos de ese aroma a deseo incontenido y olvidado en esa etérea jungla sin la pertinente cartografía de sentimientos.
Mis ojos dejaron de escucharle en ese intento de refrescar su recuerdo sin darle apenas tiempo a inhalar la nostalgia, quizá él se ahogaba en la necesidad de saber, sin saber que saber es quedarse sin aire, o su mente, por propia iniciativa, no quería recordar para no angustiar más su abatido corazón de fresa y chocolate. Los parpados eran como de lija, la vigilia lloraba su tragedia. Aseguré el marcador que me regaló Chimo en la pagina 247 y cerré el desescuchado libro, la fulgúrea ventana irradiaba toda clase de luminosos haces callejeros, que tenues, se movían por la habitación como espíritus en pena, la calle permanecía casi muda, desvanecida en su propia mismidad, solo se escuchaba la colosal respiración de la diosa inerme, de la yacida bella. Ebrio de sutilezas descubrí el techo, es curioso como las sombras intentan contarnos eximias historias, míticas epopeyas que en ocasiones son de una métrica imposible, a veces imitan un bello cántico lirico, o sin más métrica o rima dibujan la más hermosa proeza en prosa poética.
No sé de qué te recuerdo, dijo él, quizá de Tenóchtitlan, ella le miro como se miran los recuerdos, el perro se había quedado en casa, solo, sin agua y sin comida, le miro como si recordara que aún no había lavado los platos de la comida, aquella vajilla de porcelana China que le regalo su madre cuando le contó que era el momento de independizarse, de vivir sola, de buscarse la vida, o quizá le miro mediante indicios sin estructura sintáctica, con una de esas miradas engañosas que confunden los sentidos, de esas que no sabes si seguir soportando o hacer mirada sorda a su mirada equívoca. Él aguantó esa mirada perdiéndose en su sedoso pelo como la risa, esa risa que ya no se dibujaba en sus labios de cristal fundido, en esa faz preciosa de muñeca de porcelana.
La lucecilla roja parpadeaba, era la torre del PC haciéndome señales
en código Morse, levántate y enciende la pantalla decía, la lucecilla tenía un rítmico titilar como de blues o ragtime, no lo hice y seguí escuchando las imposibles historias de las sombras colgadas del techo.
De pronto sus miradas se atraparon y fueron zurciéndose en un nuevo espacio, quizá en algún tiempo fue un espacio conocido, o no, simplemente era ese desconocido espacio de la quimera. Las miradas tienen vida propia, nacen, se reproducen y mueren, en ese momento las miradas fueron contándose sus percepciones una a la otra. La de él, aturullada, le contó que no podía vivir sin ella. La de ella, portentosa, declamó en un tono mayúsculo lo difícil que se le hacía vivir, vivir sin conjeturas. Ninguno de los dos supo nunca lo que se dijeron sus miradas, o quizá ninguno se atrevió a sospecharlo o intuirlo.
El techo, con la euforia de una guerra ganada, se hizo más absurdo y menos sociable, dejó de desleírse en versos imposibles y se atrevió a mirarme con los ojos de un dios enfadado, o un semidios en plena erudición de sus extraordinarias hazañas. Las sombras ya no eran, se transformaron en tenues barbaridades que se diluían hasta ennegrecer la historia más iluminada. El miedo se apodera de uno como se apodera de la vida la venganza, hasta destruirla por completo.
Se despidieron sin ni siquiera besarse, sin tocarse siquiera, como dos desconocidos trepando cada uno a su particular cosmos. Él se diluyó en sus desgracias, la vida no se le daba fácil y parecía que caminara con los pies descalzos, iba dejando su huella sangrienta a cada paso que daba. Ella sin embargo no rozaba el suelo, caminaba a unos milímetros por encima de todo, con los años fue notando un gran peso en la espalda y logró volar.
La calle despertó crecida en vientos, la ventana dejo paso a la vida y el sueño la penetró vestido de despierto, beodo y parsimonioso, con esa parsimonia que tienen los sueños cuando no desean invocar a los despiadados demiurgos de la noche, o cuando se saben a salvo en pleno día, y se recostó a mi lado, como desvanecido, liberado al fin de un súbito tormento, y los dos nos pusimos a jugar a las cartas con Morfeo.

Condevolney©2011

Aeropuerto de Marrakech

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